
De repente se ha echado el frío encima, la temperatura en Madrid ha bajado como 10 grados, mi compañero de piso y yo, que hasta ahora no lo habíamos hecho, nos hemos decidido a poner la calefacción, hemos tenido que quitar todos los libros que tenía encima de los radiadores y yo me he dado cuenta de que estoy perdiendo la memoria. El único lado bueno que puede que tenga esto es que dentro de poco ya no me acordaré de mis últimos minutos de encanto.
Lo de la calefacción nos ha llevado tres días, sin contar el que hubo que dedicarle a la recolocación de los libros: el primero de ellos bajé las palanquitas del diferencial que hacen que los radiadores empiecen a cargarse durante la noche cuando se le da a la rueda de encendido. Al día siguiente aprendimos que para abajo no quería decir on sino off, y para arriba justo lo contrario de lo que habíamos pensado. Me lo dijo mi compañero de piso, que tampoco entiende mucho de diferenciales, y las subió todas salvo aquella bajo la que pone “calefac. general”. Esta mañana, al despertarnos con la casa helada y los libros por el suelo, nos hemos dado cuenta de que esa palanquita, precisamente ésa, era la más importante de todas, putain mais tu n’avais pas monté celle-là? Mais ce n’est pas ma faute, merde!
Mientras le doy vueltas a esto tengo que beber té caliente sin parar para que no se me congelen los dedos, pero afortunadamente los radiadores ya están empezando a calentar. Lo de mi memoria, determino, ha sido un proceso un poco más largo. Ayer me quejaba un poco de esto y del final de mis últimos minutos de encanto en el bar de David, hablando con mi ex pareja. Para colmo, le decía, llevo dos semanas sin mandar nada a LGB, me van a echar, y antes de eso que estaba saturada, que me bajaba a tomar una caña, que si se venía.
Lo del olvido necesario de mis últimos minutos de encanto, le expliqué a mi ex en la barra, creo que ya no puede tardar mucho más, y más me vale, le decía, porque ya ni si quiera hablo con el protagonista. Pero hay otra cosa que me preocupa más.
Mientras me explicaba y David nos sacaba un tapa de ensaladilla y otra caña por favor, uno a uno, todos los habituales iban llegando comentando en voz alta, un poco para David y un poco para el resto del mundo concentrado en torno a la barra, el frío que hacía en la calle: yo creo que mañana nieva, cómo que todavía no habéis puesto la calefacción, David ponme otra cerveza.
Me sirvo otro té, desecho completamente por hoy la idea de ir al gimnasio, hace demasiado frío para quitarse el pijama, le robo otro yogurt a mi compañero de piso y le escribo en un mail a mi ex en el que le pido que no se preocupe, que la calefacción ha empezado a funcionar esta mañana y que ayer exageré con todo eso de que estoy perdiendo la memoria, de que me olvido enseguida de los libros que leo o de las películas que he visto.
-Me ha hecho falta volver a la Universidad –le comentaba- para darme cuenta de todo lo que se me ha olvidado.
-Pero, a ver, ¿de qué no te acuerdas? ¿Te acuerdas de El dueño de todo esto? Ésa la vimos juntos.
-No, ¿de qué iba?
-¿Y no te acuerdas de American Splendor? ¡Te encantó!
-No. ¿Es la del samurai y las palomas y el carrito de los helados?
-Ésa es Ghost Dog.
-¡Pero es que también me pasa con los libros! Ya no sé para qué leo…
-¿No estarás un poco saturada?
Le doy la razón por escrito, pues debía de ser eso, y le cuento que esta mañana, como hace tanto frío, me he quedado en casa y me he puesto a repasar las marcas que les hice a los libros de Orwell, los diálogos de Hermosos y malditos y las recetas de cocina de El francotirador. Voy explicándole cómo he abierto ciertos mails de este verano, los he borrado todos, he escrito en Facebook que me iba a cenar con Jude Law en una especie de despecho y he eliminado las fotos, una por una, que tenía guardadas desde hacía meses en una carpeta especial: Two Minutes Charme.
He tratado, le explicaba, de intentar aplicar con inteligencia mi inevitable deterioro memorístico, y también que quizás eso con lo que habíamos querido consolarnos anoche refugiados del frío Chez David porque no se podía estar en casa, eso de que tal vez nos fuera mejor con personas con las que no pudiéramos hablar de estas cosas aunque a mí se me estuvieran evaporando como a Winston Smith y dentro de poco ya no fuera a poder comentarlas con nadie, era algo que quizás tampoco fuéramos a saber por ahora. En cualquier caso, majo, terminé, la calefacción ya anda, vuelvo a estar soltera de espíritu y creo que he recuperado a Hans Castorp.

