martes 21 de octubre de 2008

La primera vez


Camino de casa, en el metro, he empezado a darle vueltas a una de esas cosas fantásticas que a todos se nos ocurren dentro de los transportes públicos y que luego, inevitablemente, no somos capaces de poner por escrito; no igual al menos; no de la misma manera en la que se nos aparecían dentro del vagón de la línea diez, a modo de videoclip, entre Alonso Martínez y Tribunal, con la canción esa que no podía ser otra sonando de fondo, perdone, tengo que salir.

Venía pensando en las primeras veces. En que hoy ha sido la primera vez que me he comprado un pantalón de la talla 42, algo que, a pesar de los esfuerzos de la dependienta por hacerme entender que aquella marca los fabricaba pequeños, que sí que vienen así, no te preocupes, esta tela es mejor que el algodón, no te da de sí, no tranquiliza nada. Al menos ahora, me he dicho, no pareceré Jane Fonda, como se burla Ludo, cuando salga a correr con mi amigo al Retiro; y después que hoy también, por primera vez, he entrado al Corte Inglés de Nuevos Ministerios. Pero eso no tiene ninguna importancia.

De camino a la oficina de un cliente he repasado mi lista de cosas por hacer: dos llamadas que no puedo dejar para más adelante, un paseo por el Menaje del Hogar de Santa Isabel para ver por cuánto me cambian el termo del cuarto de baño –sería también, por qué no, la primera vez que en mi vida que compraría un termo-, retomar las clases el jueves, hablar con mi gestor, comprarme algo dulce que no engorde, contestar tres mails, depilarme las cejas.

Las clases tengo que retomarlas porque la semana pasada estuve fuera de la ciudad. En la boda de un amigo. En Catania. Volviendo de la oficina del cliente, envuelta en mi lista de pendientes y primeras veces, recordé una primera vez, LA primera vez, precedida de un romantiquísimo plato de chorizo, una habitación pequeña, la alfombra que me siguió hasta Madrid, la que hoy almacena polvo en una tintorería de la calle Atocha. De ahí salté a Tracey Emin, a su tienda de camping, Everyone I Have Ever Slept With 1963–1995, y de ahí, a que cada vez, quizás, sea ya de por sí una vez primera y por tanto digna de acabar bordada en el interior de una tienda de campaña. Claro que la tienda de Tracey también incluía los nombres de su abuela, de su osito de peluche o de su hermano. Y claro que luego se quemó en un incendio.

La primera vez que escuchas esa canción que ya no se va, que, en mi caso, repites mil veces en bucle; la primera vez que comes, por ejemplo, pastela; la primera vez que entras en un bar del que sabes que ya no vas a salir; la primera vez que pruebas algo que no podías probar; la primera reacción alérgica a las manzanas con la que acabas en el hospital; la primera dieta; la primera borrachera con alguien con quien vas a repetir; la primera palabra de un libro que ya no cierras hasta el final; la primera vez que ves Con faldas y a lo loco; el primer episodio de Alf; la primera mañana en la que para trabajar no tienes que ir a la oficina, ni montarte en el metro, ni hacerte un vídeo musical o escribir la idea más original del mundo entre Tribunal y Gran Vía, perdone, tengo que salir; la primera muerte; la primera mañana de trabajo; el primer beso, el primer paseo en moto… la lista es tan dispar que sólo el vértigo producido por aquellas cosas recién descubiertas que anuncian que van a formar parte de ti para siempre es capaz de darles forma con un hilo a todas juntas, en el reverso de una lona. Al menos hasta que se queme la tienda de campaña.

Siguiendo con Emin he tratado de hacer una lista de primeros colchones voladores y me he dado cuenta de que me he olvidado de la mayoría. No de sus tripulantes, sino de la primera vez que despegaron de los distintos aeropuertos. Supongo que haciendo un pequeño esfuerzo conseguiría recordar si la pista de despegue era grande, si la sala de espera era un dormitorio, si era de día, si se podía fumar, si habíamos bebido, si de verdad había colchón. Mi lista iba precedida de un menú, ya que antes de descubrir que los colchones volaban se cenó al lado de uno, sobre un poyete de la ventana, un plato de rodajas de chorizo; pero cuando intenté lo del hilo y la aguja, lo de extender la lona sobre el suelo para bordar mejor, me perdí entre las pavías de bacalao y los cacahuetes del bar de la esquina; no encontré las piquetas y me olvidé de los vientos.

Volviendo de la boda que tuve en Sicilia, maravillada una vez más con cómo aún es posible seguir casándose, preguntando un poco impertinentemente a mi amiga Sara que para cuándo su boda y aceptando ocuparme alguna vez de sus nietos si jamais je n’arrive à avoir les miens, con el camino que llevo, gracias guapa; haciendo verdaderos esfuerzos por no sucumbir al sueño profundo que me invade en todos los aviones para que me olvide del miedo; adelantándome al próximo incendio, dándome cuenta de que en algunas historias, como escribía antes de irme, el amor es lo de menos; fui preparando el terreno al que irían a parar mis ideas esta mañana, en un vagón de metro, andando por un pasillo, siguiendo fijamente con la vista las botas de tacón de la mujer de delante, ça fait femme, que diría mi compañero de piso, mientras comenzaba a sonar la canción esa que no puede ser otra…

Tienes tres opciones, me ha dicho Sara esta mañana en un correo, cuando, tras preguntarle cómo seguía después de todo lo que habíamos comido en Catania, le he confirmado lo que ya le adelantaba en el avión: “otra historia más que contarle a esos nietos que no voy a tener nunca, guapa”. La última de las soluciones de mi amiga, a la que me he acogido cobardemente en una especie de resistencia, reunía las palabras "tiempo", "poco", "deja", "pasar", etc.; los nietos es lo de menos. No le he contado, sin embargo, que esta mañana, cuando salía del Corte Inglés de Nuevos Ministerios, he tratado de coser en el interior de una tienda de campaña todas mis primeras veces sin saber que ya habían salido ardiendo. Ella tampoco ha hecho referencia a la cuarta opción, esa que consiste en bajar corriendo a la ferretería, comprar una lona, vale con algo de hule, y empezar a bordar cuanto antes.

3 comentarios:

carmen dijo...

Te dire que un dia, pensando en las primeras veces, me pregunte por las ultimas. Eso si que es dificil de trazar. La ultima vez que besaste a alguien, la ultima vez que bebiste una canna (ni escribirlo bien puedo en este pais), la ultima vez que fuiste a ese bar del que pensabas que no ibas a salir. La ultima vez es mas dificil, porque casi nunca sabes que ya no habra mas...

david dijo...

Y ya por sublimar ¿qué hay de las primeras últimas veces?

Igual es que está lloviendo, pero suena a melancolía en vena así que lo pienso en otro momento.

Ah, cerebro maldito: me dice "pues si eso te suena melancólico, piensa en las primeras últimas veces"...

En fin, contaría yo mis primeras veces pero como la historia de la mesa de billar está muy contada y además estoy haciendo campaña contra el yo, yo, yo en las respuestas de los blogs (aunque por su frecuencia se diría que mi campaña es contra las respuestas en los blogs), pues no lo hago.

Qué propensos son a la filosofía también los paseos en metro, ¿eh?

Crispis dijo...

¿Quién es Sara? Intriga...


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