lunes, 12 de mayo de 2008

aDios o las noches del derrumbe

La casa empezó a temblar a las tres. Como todos hacemos cosas raras, a lo mejor por eso pensamos al principio que se trataba del vecino de al lado, que taconeaba: ¿están taconeando? Pero lo cierto es que la casa empezó a temblar a las tres de un día cualquiera, hace ya cada vez más años. Llevábamos unos meses rodeados de andamios, sin poder salir al balcón, sin disfrutar de la primavera. Esa mañana, a las ocho, nada más llegar, los obreros habían empezado a retirarlos. Primero la red que los envolvía, después la parte superior, aquella que secuestraba la luz del cuarto piso, después la del tercero, y así hasta llegar a la altura de los tres balcones nuestros. Las casas, cuando se empiezan, nunca se empiezan por el tejado; creo que ésa es la máxima, pero cuando se deconstruyen sí, por lo visto. Y la nuestra empezó a temblar a las tres.
Me di cuenta por un cáncamo que se movía, un cáncamo que desde hacía meses colgaba inmóvil del hilo de pescar que T. había comprado para colgar el cuadro que tenía sobre la mesa y al que estaba destinado. Eso no es el vecino de al lado. Y entonces T. se volvió, se discutió de nuevo sobre el cuadro, que si llevaba dos meses sin colgar y que si no ibas a ocuparte tú, pero enseguida también que aquello no era flamenco, que era la casa, que se estaba moviendo, que qué íbamos a hacer.
Yo entonces estudiaba, y sobre la mesa tenía dispuestos los papeles, los bolígrafos, un calendario, millones de post its y un ramo de flores que mi madre me había regalado la semana pasada por mi cumpleaños. Se cayeron tres pétalos de golpe. Y después se cayó todo lo demás.
A aquello le siguieron siete meses en otra dimensión, que dedicamos a reforzar muros, poner tabiques, quitar vigas enfermas y descubrir que las de detrás también estaban infectadas. Durante aquel tiempo adelgacé, bebí, amé y continué estudiando, pero cuando la caída del suelo se hizo inminente, cuando nos quedó claro que aquel repiqueteo molesto, que aquel crujir de maderas y metal como de andamios no se debían a nada parecido a unas clases de flamenco, del impacto, me quedé como en estado de shock.
Para distraerme del crujir del salón, de las cada vez más profundas grietas de mi dormitorio, de los pedazos de escayola que a veces, y sin poder hacer nada por evitarlo, caían del techo directamente a la mesa donde T. hacía esfuerzos enormes por cenar, cuando podía salir salía, veía la televisión, dejaba de comer o, cuando aquello no era posible, me acostaba y recordaba.
Lo primero que recordé fue una tortuga. Una tortuga que una vez T. me aconsejó dejar en la terraza, cuando era pequeña, y que, al volver de jugar en el parque, nos encontramos estrellada contra el suelo, delante del portal. T. me cogió en brazos y me subió llorando a casa. Hoy me parece que me enfadé con él. Lo siguiente que recordé fue un búho. Un búho pequeñito que encontramos los niños en el campo, blanco, perdido, y que T., en un descuido, nos dijo que dejásemos al sol. Me enfadé enormemente con T. cuando, al volver, nos encontramos al búho que se moría del calor; T. se pasó el resto de la tarde, hasta que se murió el pobre animal, intentando reanimarlo con agua fresca de la manguera. Nadie le había explicado nunca a T. cómo reanimar un búho pequeño que agoniza de insolación, pero yo me encargué de recordárselo durante todo el trayecto de vuelta a casa. Recordé a T. y a mi madre limpiando los balcones de plumas, cagadas y sangre, el día en que un halcón aterrizó en ellos y descabezó a nuestros canarios cuando no estábamos. Recordé a través de lo que mi madre y T. me contaron tiempo después, porque a mí me explicaron que se habían escapado... y yo bajé a la calle a buscarlos.
Durante aquellas noches de grietas abriéndose, de parquet que de vez en cuando saltaba aquí y allá, entre los quejidos de T., también recordé el día que tuvimos que matar a nuestro perro, que no había sido hacía mucho. Y a T., con los ojos rojos, entrando en mi habitación a buscarme. Yo me había escondido en el baño para no oírlo aullar, me había sentado en el suelo, entre la taza del wáter y la puerta, y me había tapado las orejas con las manos. T. entró y me abrazó, y él también lloraba. En cuanto pude me enfadé con Dios. Y le bajé la D del paraíso de las capitales. Lloré mucho cuando me enfadé con dios.

Mi madre había conocido a T. en un bar. Por lo visto, en cuanto lo vio, le dijo a su amiga que “el de las gafas” era para ella, pero el de las gafas salió del bar aquella noche acompañado de su amiga. Mi madre me contó que durante los meses que siguieron, recorrió en su coche el barrio donde sabía que T. tenía su casa, en busca de un encuentro fortuitamente provocado. Por eso quizás en mis sueños Horacio Oliveira conduce un seiscientos y La Maga usa gafas de leer o viceversa. O quizás por eso siempre fui ferviente defensora de los encuentros provocados.
T. y mi madre no me tuvieron enseguida. Primero se enamoraron. Y mi madre, cuando me vio que crecí y que me enamoraba yo también, y que una y otra vez me peleaba, siempre me recordó que ella y T., hasta que no se casaron, nunca mantuvieron ni una sola pelea. Nunca me he terminado de creer esto. A veces, durante las noches del derrumbe, me los imaginaba de cámping, vestidos con pantalones de camapana y chalecos de cuello vuelto, mucho antes de que yo existiera.

A veces T. decía palabrotas. Creo que por eso yo hablo tan mal. A veces T. se inventaba que a Al Bano lo habían detenido por antropofagia, se lo contaba muy serio a alguna de mis tías, y en la comida de Navidad del año siguiente dos de los tres comensales sacaban el tema con el segundo plato, totalmente convencidos: ¿a quién fue que detuvieron el año pasado por comerse a un niño, a Al Bano, no? Y T. tenía que hacer un esfuerzo enorme para no escupir el sorbo de vino sobre el mantel de la risa.
Su secreto estaba en decir todas estas cosas muy serio. Pero sus cualidades eran muchas más: sabía, por ejemplo, que si me leía Los Mandarines me iba a cambiar la vida. Así que me estuvo dando la lata hasta que me leí el libro. Y me cambió la vida. Lo sabía porque antes habían sido El extranjero, Un invierno en Lisboa, La oscura historia de mi prima Montse, Los argonautas de la cosmopista, Ocnos, Esperando a Godot, una antología de Octavio Paz, Matadero Cinco, Crónicas Marcianas o Cuando ya nada importe. Durante años me senté frente a la biblioteca de T. y, aún hoy, cada vez que puedo, invierto una hora en permanecer delante de las estanterías nuevas que hicimos después y en donde ahora están sus libros o mis libros o nuestros libros y los de mi madre y elegir los próximos que voy a leer. A veces no los leo enseguida. Los guardo al lado de la cama durante mucho tiempo. Y me encanta hacer eso.
Intentando no pensar en que la pintura se caía, me contaba a mí misma aquellas noches cómo T. casi nunca se enfadaba conmigo. Me contaba yo sola el cuento de cómo se enfadó por ejemplo cuando rompí la lengua de su caja de los Rolling Stones; yo no sabía que no se podía ir al cielo si una era pequeña y rompía la lengua de la caja de los Rolling Stones como si se estuviera rompiendo el envoltorio de un caramelo. O el de cuando se enfadó cuando pinté con un bolígrafo bic toda la cubierta del libro que le había prestado nuestro vecino. Aún me acuerdo de la cubierta. Era de tela gris. Y mi dibujo abstracto. O aquella historia en la que se enfadó un día que, más mayor, llegué a las siete y vomité en el cuarto de baño con la ayuda de mi amiga Paola, que no bebía por aquel entonces, y me metía los dedos, y nos delató el perro. Me contaba historias con final feliz. Al final lo que pasaba es que luego me iba yo a ver a los Stones, empezaba a leerme todos los libros de T. hasta que me hacía editora y acababa ayudando a Paola a vomitar en mi cuarto de baño en Madrid.
T. nunca supo que me hice editora. Y la anécdota de Paola tampoco. Una vez paró el coche en mitad de la carretera cuando le dije que había probado el vodka, pero la tarde ya lo había entendido. T. casi nunca se enfadaba conmigo. Nunca me pegó aunque alguna vez seguro que me lo merecí. Y siempre me quiso aunque yo tuviera una forma muy distinta de quererlo, y durante las noches del derrumbe me preguntara mil veces cómo hacérselo llegar. Tampoco supo nunca que heredé su humor. Que bebo un poco más que entonces. Y que a veces escribo cosas de las que luego me arrepiento. No supo que ahora las cervezas me las tomo con su mujer, o sea, con mi madre. Y tampoco que, cuando yo no estoy en la ciudad, ella a veces se las toma con mis amigos. T. no conoció a mi primer novio. Ni leyó lo que escribí en París, sobre los gatos que entran en las lavanderías y las lavadoras en las que no se puede lavar todo, porque aún no era capaz de escribir nada sobre él. Aún es un cuento que no termina de gustarme. No supo que si el personaje no lloraba no era porque no estuviera triste, sino porque no podía. Y, bueno, T. no supo nunca mil cosas más.
Cuando la casa empezó a moverse en sacudidas grandes y el cáncamo balancearse en círculos cada vez más rápidos e incluso a golpetear contra la pared; cuando se cayeron el resto de los pétalos al suelo, los bolígrafos al suelo, mi madre al suelo, yo al suelo, la vida al suelo y el suelo se fue a la mierda, T. me pidió una noche que hablara con dios.
En medio del derrumbe y como todo el mundo tenía algo que decir para intentar salvar la casa, nos dijeron muchas cosas, pero entre otras, que lo más importante era que T. se colocara bajo el marco de una puerta. Que ahí debajo nunca pasaba nada. Y que, si se caían los marcos, entonces alrededor de T. tendríamos que formar un marco nosotras mismas, y hacer como si a través de aquel marco se pudiera seguir llegando al salón o, si no, a la cocina. Que lo importante era que T. siguiera imaginándose la casa. Vino mucha gente a ayudarnos a sostener las paredes. Vinieron mis primos pequeños, que tampoco debían de entender cómo era aquello de hacer de muro de carga, vinieron las hermanas de mi madre, las cuñadas, mis abuelos, los amigos.
Por las noches, cuando todo el mundo se había ido; cuando T. y mi madre intentaban dormir negándose a despedirse de los debilísimos muros de lo que antes había sido su hogar, y yo me quedaba sola y agotada, dios intentaba hablar conmigo. Pero yo me metía en el cuarto de baño, me sentaba en el suelo, entre la taza del wáter y la puerta, que todavía se cerraba, hacía fuerza con los pies y me tapaba las orejas


Yo no estaba allí cuando se cayeron las paredes que aún quedaban en pie. Estaba tan lejos de todo que tuve que coger un avión, un tren y un taxi y volver deprisa, con miedo, la mitad de mi peso, una mochila, ni una sola lágrima pero irremediablemente tarde. Durante el vuelo, y como me había puesto muy nerviosa al rechazar la invitación a la charla de mi compañero de asiento, que me preguntaba qué me pasaba: es mi mundo, que se desmorona, me dediqué a poner en práctica mis ejercicios de memoria aprendidos durante las noches del derrumbe en las que aún dormía en mi antigua habitación. Recordé la tortuga, el búho, los canarios muertos que nunca vi y la lengua rota del cofre de los Stones. Al final me dio por teorizar y llegué a la conclusión estúpida de que si nuestro perro se había marchado primero había sido para que ya hubiera alguien esperando a T. en el momento en que éste llegase al cielo. Pero cuando bajé de las nubes y, muchas horas después, conseguí llegar a lo que antes había sido mi casa, descubrí que lo único que seguía donde yo lo había dejado era la puerta cerrada del cuarto de baño.


***

11 comentarios:

Anniehall dijo...

Estoy en el trabajo, leyendote, y tengo que morderme el labio, y apretarme las manos, y parar todo el rato porque me transmites tanto, que todos los pelos se me erizan y me entran muchas ganas de llorar.

Anita

Lui Lu dijo...

Ay Ana... yo para variar no he llorado nada. Gracias por leerme. Un beso grande.

anniehall dijo...

Pues yo sí lloro. Aunque casi nunca cuando me pasan las cosas que me duelen. Lloro cuando leo cosas como esta, que lloro por lo que siento cuando las leo.. y por todo lo que me había dejado en el camino sin llorar.
A mí leerte a tí también me cambia la vida, me devuelve a mí, por alguna razón, a la persona que soy yo por dentro, y que se pierde en los rirtmos imposibles.
Y yo también estoy enfadada con Dios, porque me hubiera encantado conocer a T.
Gracias

Galder Reguera dijo...

Yo a veces tengo la sensación, con la muerte, que no somos conscientes de ella. Cuando leo cosas como ésta, siento algo parecido a aquellas reuniones de campamento de verano en las que dos o tres personas comienzan a sincerarse y a narrar poltergeist que les han sucedido. De repente, te das cuenta de que todos tenían una experiencia paranormal que contar, y se crea un momento de intimidad al que le sigue un enorme silencio lleno de miedo y reflexión sobre la realidad.
Con la muerte pasa algo parecido. Vivimos de espaldas a ella, pero de vez en cuando alguien cuenta que él vivió una, y luego otro se sincera y reconoce que a él también se le murió algo. Y comienza así una cadena que concluye en un silencio, también lleno de miedo y reflexión, en el que, por unos instantes, comprendes la gran estafa que en el fondo es la vida. Pero luego, esta convicción momentánea y lúcida, se disuelve, se esfuma, quedando solo un sustrato que de vez en cuando, a solas, recordarás de noche.

Leyéndote, estaba pensando en cuántos niños del mundo estaban en el mismo momento que tú en sus respetivos cuartos de baño, igualmente" sentados en el suelo, entre la taza del wáter y la puerta". Yo, desde luego, también pasé muchas horas en mi cuarto de baño particular, por lo que es probable que en algún momento coincidiéramos en la distancia.
Creo que habría que organizar algo así como un Congreso Mundial de Antiguos Niños, donde los hombres y mujeres de hoy pudieran poner en común sus investigaciones realizadas en el suelo de un cuarto de baño, entre la taza y la puerta, lugar de lúcidos descubrimientos que, quién sabe por qué, no han visto la luz aún.

En fin... qué decirte. El texto, precioso. El contenido, triste. No me extraña que tu amiga Ana llore. En cuanto a T., no te tortures creyendo que no supo nunca mil cosas, porque en un hogar esas diez centenas de cosas se saben aunque nunca se digan. Créeme, se saben.

Lui Lu dijo...

Ana:
No sé por qué elegí T. Porque no es T. Es todo tan raro... Yo creo que me he emocionado más con vuestros comentarios. Ludo dice que tb ha tenido les larmes aux yeux... pero no sé si fiarme de Ludo porque siempre está de guasa. Bueno, siempre no. Qué majo. He recibido un correo de un amigo, que, como tu último comentario, también me ha dejado tocada. En el comentario de Galder se describe muy bien el "efecto silencio tras poltergeist compartido". No conciste a T... pero bueno, yo llevo la mitad de los genes. Nos vemos pronto.

Galder:
Muchas gracias por el comentario. Sé que suena a tópico pero lo agradezco de verdad, es muy sentido y además tienes mucha razón con lo del Congreso de Antiguos Niños. Además es una idea con muchas posibilidades; deberías hacer una convocatoria literaria, en la que se detallaran los requisitos para las ponencias, el espacio mínimo de sensibilidad que tiene que haber experimentado el aspirante a conferenciante entre taza del wáter y puerta para poder ser considerado Antiguo Niño, el precio psicológico del alojamiento y el viaje, y finalmente terminarlo con algo así como: se ofrecerá un cócktel.

Me ha gustado mucho la reflexión que haces sobre los silencios post experiencias vitales (habría que decir mortales, quizás) compartidas. Cómo uno piensa, de repente, que la vida es una gran estafa para olvidarlo unos segundos después. La vida es lo único.
Gracias otra vez. Nunca había escrito sobre esto y ahora no sé sobre qué voy a escribir la próxima vez.

Jose Marzo dijo...

Hola Lui Lu. He entrado en tu blog para saber que de ti. Ahora mismo te confieso que no puedo leer, porque creo que llevo un chupito (o diez) más de la cuenta. Eso sí, tus dibujos me gustan. Mañana será otro día.
Te agradezco que visitaras mi blog; saluda si vuelves.
Por cierto, supongo que también habrás leído Farenheit 451.

Lui Lu dijo...

No, Jose, me quedé en Crónicas Marcianas...
Gracias por pasar, los dibujos son de Ludo, que cada día (normalmente) publica su visión de alguna noticia de la actualidad española. Yo me ocupo sólo de actualizar mis estados de ánimo...
Un saludo!

ESTI dijo...

LUISA QUÉ PRECIOSIDAD. NO TENGO PALABRAS. YA LAS TIENES TÚ POR MÍ.
UN BESAZO ENORME Y ESPERO VERTE PRONTO QUE YA NOS VALE.

Lui Lu dijo...

Esti... lo dicho por mail. Un beso y gracias por pasarte por aquí.

marina dijo...

jo, luisa, qué bonito... de verdad. lo unico malo es que ya se me abrió el grifo y no voy a parar de llorar en un ratito :(

gracias por esta maravilla; acabo de empezar en tu blog -recomendado por fab- y solo he leído algunas entradas, pero desde luego por ahora estoy impresionada, de verdad, me encanta.

besos y hasta pronto

marina

Lui Lu dijo...

Hola Marina:

no tengo tu teléfono, si no te hubiera mandado un mensaje. Me siento muy mal cuando os ponéis tristes con esta entrada... aunque bueno, al final es como un peeling emocional y siempre viene bien. Gracias por pasarte por el blog... la mayoría de las entradas son tonterías escritas en viernes por la noche en los que me he quedado en casa sin salir... a ésas no les hagas mucho caso.
¿Estás en Caen? Muchos besos a los dos.


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