
A mitad de la calle Lancry lavar la ropa cuesta veintiún francos (si se pone una lavadora de siete kilos) y secarla otros tres, pero con una secadora no queda nunca lo suficientemente seca, así que, si la ropa no encoge, es mejor poner dos secadoras. Todo esto hace un total de veintisiete francos y, exactamente, cincuenta y seis minutos. Lo mismo que tardaría, si estuviese donde debería estar, en llegar a otra ciudad.
A grandes rasgos (dónde debería estar, cómo debería estar, qué debería sentir...) no se encuentra, se pierde. Sólo sabe, por ejemplo, que hoy quizás (siempre quizás, a veces parece que ha nacido con esa palabra grabada en la frente) hace lo que debe yendo a lavar la ropa. Olvidando, eso sí, que lo correcto hubiera sido ir a otra lavandería, a mitad de otra calle, donde habría tardado lo mismo seguramente en poner la lavadora y las dos secadoras, pero también cincuenta y seis minutos en llegar a cualquier otra parte. A otra ciudad. Donde, no obstante, tampoco debería estar.
La Fourche, Place de Clichy, Liège, Saint-Lazare y allí la 3 hasta République. Exactamente cuarenta minutos. Casi una lavadora y dos secadoras en la lavandería de la calle Lancry. Porque quizás hoy deba poner una lavadora (y dos secadoras), esta tarde, a las cinco, puede que no haya mucha gente, aquí no me caben las piernas. Tenía que haberme sentado mejor al lado de la ventana. Pensándolo bien, igual debería bajarme en Bonsergent, pero entonces tendría que cambiar igualmente a la 5. Sí, la ropa que tengo para lavar no creo que encoja. Será mejor que ponga dos secadoras, y como me quedan sesenta francos... Me estoy mareando.
La máquina número 4 no cierra bien a la primera. Hace frío en la lavandería porque la gente, al salir, se deja la puerta abierta. Al final se bajó en Temple y caminó bajo tierra por République para salir en Magenta. Il sera une fois Noël, Benoît a bien compris où était son avantage, SNCF Grandes Lignes, y había leído casi todos los carteles en su paseo subterráneo. Y había pensado estúpidamente en Julio Verne, en si en su viaje habría encontrado publicidad de Auchamp. En Magenta descendió por la calle Lancry hasta llegar al canal y, justo a la mitad, al pasar por la lavandería, había vuelto a contar el dinero: sesenta francos y medio.
Con medio franco tampoco hubiera hecho mucho donde debería estar, pero no me importa, al menos allí habría estado en mi sitio. Aquí es. Pardon. Sí, excusez moi. Théâtre Le Trianon: L’aiglon, Edmond Rostand. Huele mal en el metro. No hubiera hecho gran cosa con –SNCF Grandes Lignes, 3 dirección Galliéni, a la derecha– medio franco, pero habría estado donde debería. Hace tanto que no me paro a pensar... Pararse a pensar. ¿De veras hay que pararse? Igual es mejor así de todas formas o igual ahora, cuando llegue a casa, resulta que no hay nadie –el metro se va, no voy a correr– y puedo pensar un rato, y puedo abrir la ventana del pasillo y hacer como si fuera a bajar de puntillas por las planchas azules de los tejados hasta reunirme con los gatos. ¿No es increíble cuando llueve? Si no es demasiado fuerte, parece como si el azul de las planchas, soldadas y dobladas en las esquinas, fuera perdiendo en un combate a vida con el blanco, como si se manchara de puntos infinitos, como si le nevase encima... pero una nieve finísima, una nieve-lluvia, porque todavía es pronto para nevar. En el metro uno no sabe nunca si llueve o no sobre los tejados. Y huele mal. A goma quemada. Los gatos no salen cuando llueve.

Sin embargo no llovió y cargó con el paraguas para nada durante todo el día. Cuando llegó a casa el piso se le hizo extraño tan vacío y envuelto en una luz rosa que entraba por la ventana del pasillo. Una luz que la hizo pensar inevitablemente en la canción y, como negándole la existencia a una vida de ese color, casi enseguida en Père Lachaise, y en ese ritual de buscar muertos que uno nunca conoció vivos, y en que tardó en encontrar la tumba de la mujer que la cantaba y en que a lo mejor tampoco era muy correcto intentar provocarse el llanto buscando entre árboles caducos tumbas de cantantes muertas. Dieu reuni ceux qui s’aiment. Y pensó que aquello no podía ser cierto, de ninguna manera, pero que, quizás (otra vez se le iluminaba en la frente), pero que quizás fuera, hubiera podido ser, algo maravilloso. Y recogió la ropa, esto no lo puedo meter en la secadora, y antes de bajar a la lavandería se paró de nuevo ante la ventana pequeña del pasillo, y la tarde, que olía a rosa, la hizo pensar una vez más en que habría sido algo maravilloso. Si hubiera podido ser. Y en que quizás, más que morirse, lo injusto sea no poder estar ahí para controlar que lo que quede escrito sobre la tumba de uno sea verdaderamente lo que eligió antes de marcharse para siempre. Y siguió pensando sin pararse a ello, por unos minutos, en aquello de la provocación del llanto, en que tampoco eso le había servido para llorar. Quizás porque los árboles caducos de donde estaba hacían que el otoño, por fuerza, y muy a su pesar, al contrario de lo que hubiera querido, tuviera que ser hermoso; que las calles fueran hermosas en otoño, que una espesa capa de colores cubriera las aceras de un crujir entre dorado y verde. Donde hubiera debido estar, tiró de la puerta, los árboles tendrían ya las ramas cargadas de bombillas para recibir las Navidades. Y el tronco. Pensó también que no era justo que los árboles llevaran luces sin quererlo, echó la llave, pero ¿quién puede consultar a los árboles? Donde estaba seguramente también acabarían, eso sí, caducos, cargados de bombillas, oliendo a luz bajo un cielo rosa, dando frutos de 60 watios. O más. ¿Cuántos watios tienen las bombillas para árboles, las bombillas de Navidad para árboles? ...
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