miércoles, 16 de enero de 2008

Carolina

Un día te invitan a la primera boda. Se te casa una de tus mejores amigas. Y, aunque no te lo esperases, no te llevas las manos a la cabeza. Creo que cada vez es más amplio el espectro de lo que puede pasar y cada vez más aceptable que las cosas pasen. Carolina, mi amiga la que se casa, se me quedaba dormida en la barra de los bares cuando estábamos en la facultad. Una vez tuvo un ligue que se parecía a Beethoven y aquello propició que empezásemos a encajar a todo un grupo de hombres bajo el nombre de beethovenianos. Caro y yo nos hicimos amigas en la facultad porque me pidió que le entregase la matrícula del conservatorio ese mes de septiembre. En París las fiestas se nos iban de las manos y, si no hubiera sido en equipo, probablemente no habríamos ido a parar al piso de la rue de la Plaine ni convocado un casting de compañeros de piso en el salón ni, por tanto, conocido a Ludo. Si no hubiera sido por ella nunca habría conocido a Mariaelena. Ni a Laura. Y, probablemente, hoy no sería tan amiga de Mariona. Carolina me acogió en Barcelona cuando estaba que me rompía por dentro y por fuera. En la cama no podía darme la vuelta porque, de la tensión, me dolían todos los músculos del cuello. Pero fue mi cumpleaños y nos compramos un plátano y quinientas mil voldams. Eso sí, no ligamos nada. Carolina en Sevilla vivía en el último piso de una casa de la calle Redes y sus compañeros hacían mojitos en la azotea. En Mojácar sus padres tienen una casa preciosa con vistas a la playa y, en verano, su madre hacía pizza por la noche antes de que Caro nos bajase en vespino hasta la discoteca. Carolina se fue a Barcelona y compartió piso con una belga loca que congelaba cartones enteros de fresas intentando hacer mermeladas como las de mi amiga, que además hace quiches y se curra ella sola la masa. Después se mudó a otro piso y se hizo famosa. Un día escribió una carta a El País que empezaba: “yo soy mileurista”, y ella y sus compañeras de piso salieron en el siguiente suplemento del dominical de El País. Vino la televisión suiza. Hasta Forges utilizó el término. Y Espido Freire fue y se apropió del libro. En el último reportaje que le hicieron para el mismo periódico se les ocurrió decir que era algo así como economista, pero es mentira; Carolina estudió conmigo en la facultad de periodismo. A veces me manda mensajes con fotos que hablan de mercados que se convierten en naves espaciales en recuerdo de un corto que grabamos para clase en el que los perros se convertían en palomas y los cines en supermercados. A veces me manda mails a la oficina y yo, en medio de toda esta desidia, apenas encuentro fuerzas para responderla (aquí me voy a permitir un laísmo). Un día, en una fiesta, Carolina conoció a Aarón, Aarón le hizo tres tortillas de patatas y al mes se fueron a vivir juntos. Yo creo que el amor, cuando es bonito, llega así de sencillo. En forma de semanales tortillas de patatas. Pero bueno, yo también soy la que creo que los cumpleaños hay que celebrarlos a partir de la treintena con una tortilla y una vela. Este fin de año mi antiguo compañero de piso, Manu, me llamó para darme él la primicia. Se moría de ganas. Carolina se casaba con el misterioso hombre de las tortillas de patata. Después se pusieron todos y nos felicitamos el año, feliz año, feliz año, cómo es eso de que te casas, qué dices tía, pero de verdad, pásame a tu madre. Y Carolina se lo contó a mi madre: que sí, María Luisa, que me caso. Y a mi madre le pareció de lo más normal. Y creo que fue entonces cuando a mí se me abrieron los parámetros. Y también cuando me lo creí. La madre de Caro preferiría que se casasen por la Iglesia, pero yo sé que el 26 de julio va a ser la madre más feliz del mundo. O al menos la más feliz de Burgos. Porque, sí, el misteriosos hombre de las tortillas de patata es burgalés. Así que habrá un molino, manteles de cuadros, ninguna pamela, vino, voldams y muchas tortillas de patatas. Miles de tortillas de patatas. Y yo creo que voy a llorar en tu boda, Caro.

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