Cajones bien grandes y espesos garantizan un buen colchón volador: enseguida coge presión y quiere ponerse arriba.
Incluso si tiras de las bandas de forma asimétrica, la vela tiende naturalmente a ponerse sobre la cabeza del piloto.
A prueba de errores; perfecta para principiantes.*
Habíamos oído hablar de la alfombra voladora pero nunca de la cama o del colchón que vuela. Hasta ahora.
No se trata de un cuento de hadas pero sí de una creación en la que la imaginación y la tecnología han funcionado
a la par. Su diseño no ha salido de ninguna lámpara mágica sino de la genialidad del arquitecto holandés Janjaap
Ruijssenaars, quien ha realizado un colchón volador a tamaño humano y otro a pequeña escala, ideal para nuestras
mascotas. Su precio, lo más increíble…**
El cuento “La Noche Feliz del Colchón Volador” es parte del libro “Gromak”; mientras que “Turmalina” pertenece
al aún inédito libro de cuentos que lleva el mismo nombre…***
Al considerar que estamos en la Torre de Babel y en el Diluvio, nos damos perfectacuenta de que el Paraíso está perdido.
Perdido de forma irremisible, porque el únicoretorno posible es, según nos alecciona Dis Berlín, el de ese colchón
volador que trasporta el alma como si fuera una mujer desprevenida, sobre los anillos serpentinos de un ciclón. ****
Este fin de semana he viajado a Shanghai. Fue el domingo, sobre un colchón volador. Un viaje de ida y vuelta en un avión donde los cinturones de seguridad y los chalecos salvavidas eran la misma cosa y había que compartirlos con el otro pasajero; la azafata no tenía cabeza, ni brazos ni piernas, sólo un busto impresionantemente blanco, y el comandante se dedicaba a poner el vuelo por escrito. Para que me entendiese alguien más aparte del segundo pasajero, habría que añadir al decorado unos focos apuntando en varias direcciones, un maniquí, un dibujo de Dartacán,
ELLA: Yo de pequeña estaba enamorada de Dartacán.
ÉL: Yo sólo sé dibujar un par de cosas, y una de ellas es Dartacán.
los personajes de La historia interminable leída por primera vez y la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, mencionada en el periódico. Habría que hablar de la sana manía de cambiar el final de algunas palabras para reírse; de un amor muerto dejándome, literalmente, en brazos del escenario de un mundo que me daba miedo; de la pequeña pena que aún tengo en el corazón; del amor de los amigos. Así que habría que hablar de Héctor Abad y de su novela Basura, aunque esta mañana nadie se acordara del nombre del escritor en La Sonanta. Habría que hablar de Vonnegut y de su teatralización de esos pasajes duros de afrontar. De la ciencia ficción al servicio del alma. Y de todo lo que, como se dijo, no venía ni viene nunca reflejado en el guión: de lo incontrolable. De la belleza de lo incontrolable. De lo desestabilizador de lo incontrolable. De lo afortunadamente de lo incontrolable. De cómo, cambiando los acentos de las palabras, se pueden hacer superhéroes con los lápices de cera, y enfrentar así, sobre el mismo ring, a Pélican vs Plastídecor, recién nacidos, ante la mirada alucinada de un público compuesto de lápices Alpino y peligrosos sacapuntas. De la risa. Habría que hablar de lo gratificante que resulta hacer reír. Y de la gente cariñosa que sabe dar abrazos.
ELLA: Tú eres cariñoso, ¿no?.
ÉL: Sí, yo he aprendido a ser cariñoso.
ELLA: Estoy cansada de tanta frialdad. Pero a mí misma me cuesta…
Y, hablar así, inevitablemente, de El libro de los abrazos, que al final siempre se acaba colando por alguna grieta de mi vida. Habría que hablar de esos que lo compramos y lo compramos y lo compramos para después regalarlo y regalarlo y regalarlo sin reservar nunca un ejemplar para la casa; quizás por miedo a que su filosofía tajante se nos instale a ver la televisión en el sofá con demasiada confianza. Y habría que hablar de desayunar en el sofá. De compartir medio trozo de pan por la mañana y de cómo, a veces, la respuesta correcta puede ser la misma que estás deseando decir y, si no dices nada, corres el riesgo de perderte una siesta a bordo de ese colchón volador sobre el que, quizás sólo este domingo, se podía llegar a Shanghai.
Y para que el mundo siguiese entendiendo, habría que incluir todo eso en la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron y, al menos así, ofrecérselo por escrito, porque, si no, al mundo, igual iba a darle miedo. Habría que hablar de la cerveza de la tarde anterior en La Mina, con un amigo, esperando los caracoles antes de ver el fútbol; habría que hablar de todas las cervezas con todos los amigos. De todas las cervezas con mi madre;
ÉL: Pues me da mucha curiosidad conocer a tu madre
de que a veces, aunque el amor muere, la pena vuelve en una cocina y uno cree que no se va a desenganchar nunca; y habría que decir que quizás sirva, para que termine de desaparecer, ponerla por escrito en un pedazo de papel y otorgarle una entrada de la famosa Enciclopedia que, desde esta mañana, me ronda la cabeza tras topármela en las páginas del periódico en un descuido de azar objetivo. Y hablar de una cena con vino, pasta,
ELLA: ¿Te he dicho ya que me han traído la caja de vinos?
y un muñeco cantando en la cacerola cuando esté al dente; y de que en ese artículo se planteaba la posibilidad de vivir sin soñar con nada; posibilidad que inmediatamente el otro pasajero y yo descartamos del horizonte. Seguro que no existe una media naranja, pero de ahí a que no se pueda vivir como si existiera… Habría que incluir también frases como “me encanta quitarte la ropa”, “me encanta dormir contigo” o “¿te he dicho ya que me encantan tus piernas?” y el periódico arrugado a un lado de la cama. El periódico de toda la semana. El periódico del domingo. Y explicar que en aquellas condiciones, era posible imaginar que Fujur y Atreyu fueran a venir a limpiar el patio del piso donde estábamos durmiendo, que contaba, además de con un colchón volador en el suelo del estudio de su dueño,
ELLA: Muchas gracias por todo.
AMIGO: Gracias a ti, ¡con lo bonito que es compartir!
con una bolsa en el salón de la que uno podía sacar una espada, una varita mágica, una máscara o una guitarra como la de Tom Waits; todo de plástico, con lo que quisimos creer por un segundo que se podría seducir a una mujer. A mí se me podría seducir así. Y de nuevo la risa, y el mole,
ELLA: ¿No has probado el mole? Un día tengo que cocinar comida mexicana.
Y el huitlacoche, y el vino que compré, de Toro,
ÉL: A mí también me encanta el vino de Toro.
en el supermercado del Corte Inglés por la mañana, para pagar con la tarjeta la harina que mi madre necesitaba para freír el pescado.
MADRE: ¿Qué tal están las cañaíllas? ¿Me pone también unas cañaíllas?
PESCADERO: Están excelentes. Qué, ha venido la niña, ¿no?
Y hablar de volver a casa. Y de marcharse de casa. Y de dónde demonios se supone que debemos estar. Y habría que hablar del vértigo que da volver a Madrid escribiendo encima del libro que me llevé para el viaje, y del bolso, sin saber muy bien cómo asimilar el fin de semana, cómo asimilar que este fin de semana he ido y vuelto en colchón volador a una ciudad de China. Por eso me gustaría estar ahora
ELLA: ¿Puedo llevarme el colchón? Quiero llevarme el colchón.
en ese colchón increíblemente estrecho en el que se duerme increíblemente bien, y se ama mejor, y durante el vuelo la temperatura aumenta y los maniquíes sin cabeza hablan; y Kurt Vonnegut lo teatraliza todo, desde una esquina, para que al mundo no le dé miedo; y los focos se quedan dormidos, y toda la habitación es una sábana, y el día se nubla y se ilumina intermitentemente, y las espadas son solamente de plástico y La historia interminable es más interminable que nunca, y Fujur da vueltas en círculo dentro de un patio de luces y todo es blanco, porque todo es sábana y dragón; y se arruga el periódico, y con él el artículo de las cosas que nunca existieron, y quizás se rompe, el artículo, desaparece, y resulta que todo existe y que el escritor está realmente en la esquina ficcionándonos la escena para que podamos vivirla sin miedo.
ELLA está tumbada sobre un colchón en el suelo, un mini colchón volador, de esos que todo ser humano que se precie debería tener en su casa, o en la oficina o en su estudio. Lee muy concentrada el periódico del domingo. A su izquierda, el busto de un maniquí blanco recibe todo el sol que entra por la ventana. Hay una camisa clara colgada de uno de los focos del estudio. Suena un disco de Tom Waits. Entra ÉL, se tumba despacio al lado de la chica y comienza a quitarle la ropa.
ÉL (Despreocupadamente, como el que habla de su vino preferido.): Me encanta quitarte la ropa.
Dejando el periódico a un lado, ELLA se vuelve y le sonríe. FUJUR, el dragón perro de Michael Ende, ladra dentro del patio de luces en un ascenso en círculos blancos hasta el cuarto piso, y baja persiguiéndose la cola.
Y en la habitación de al lado, mientras Vonnegut encaja la realidad en el Reino de Fantasía para que no se asusten los personajes, mientras amenazadoramente se abre una nueva entrada en la página 28 de la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron y aparece la referencia COLCHÓN VOLADOR; mientras todo eso tiene lugar, en la habitación de al lado Tom Waits está tocando con una guitarra de plástico que parece sacada de una bolsa de esas que todo ser humano que se precie debería tener en el salón de su casa para, por ejemplo, seducir a una mujer. Y escribe Kurt dentro de una acotación más larga de lo normal, que bajo el ala izquierda del colchón, con las turbulencias, se ha abierto la revista que venía con el periódico del domingo por una fotografía a doble página de los tejados de Shanghai.
ELLA: ¿Te gustaría ir a China?
ÉL: Me gustaría ir a todas partes.
Y la acotación se vuelve interminable mientras el escritor va describiendo la escena: la habitación, los focos, la gran sábana blanca, los círculos del perro sabio, del dragón blanco; una camisa colgada de un foco, una guitarra de plástico, y, por único sonido, la música y un ligero rumor como de reactor de gomaespuma; porque durante el vuelo los personajes no pueden decir muchas más cosas; están soñando con fuerza, están soñando hacia arriba, están levantando el sueño para que el colchón se eleve, para que la revista se abra justo por donde acaba de hacerlo, para que la entrada COLCHÓN VOLADOR desaparezca poco a poco, todas las letras a la vez, véase ALFOMBRA VOLADORA, de la interminable lista de cosas que nunca existieron.
* Extraído de http://www.ojovolador.com, a propósito del parapente Arcus 3.
** Extraído de http://blog.latiendahome.com, a propósito de un invento real.
*** Estos libros y cuentos existen, y pertenecen al peruano C. E. Céspedes Castro.
**** I. Gómez de Liaño, a propósito de la exposición de pintura “El paraíso perdido”
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